sábado, 6 de agosto de 2011

La Ciudad de los Césares ,ciudad de los inmortales,


La Ciudad de los Césares ,ciudad de los inmortales,


Patagonia ingresa en la historia de Occidente bajo la forma de un relato mítico. En 1520, sus acantilados y los fuegos de la costa fueron vistos por primera vez desde la borda de los barcos de Magallanes. La mirada de los marineros, trabajada por el terror a lo desconocido y los bestiarios medievales, sufre curiosas distorsiones y da forma a una primera versión del territorio cargada de elementos fantásticos. A ésta se van a sumar cuestiones “verídicas” urdidas en la metrópolis, como la búsqueda de la Ciudad Dorada de los Césares o la trama del espionaje naval, de propósitos geopolíticos. Las dos potencias de la época –España e Inglaterra– entablan una lucha feroz por el dominio del Atlántico Sur. La cartografía levantada por Magallanes se convierte en secreto de Estado. Una fábrica de rumores sumó aún más misterio al aura creada por los relatos de las primeras expediciones. La inteligencia española echó a rodar una versión: vientos huracanados seguidos de maremoto habían arrancado una isla de base, depositándola en la boca atlántica del paso, cerrándolo para siempre. La especie no fue muy creída, no al menos por Francis Drake, quien no sólo encontró el estrecho, sino que lo atravesó en diecisiete días, hazaña que abrumó a los españoles; pero Drake, navegante genial, digno adversario de Magallanes, tampoco pudo eludir el hechizo del fin del mudo y sus marinos dieron cuenta de sirenas verdes, de torso de mujer y cuerpo de foca.

Posteriormente, otras expediciones relevaron la existencia de gigantes cubiertos de pieles, cuyos niños de pecho eran del tamaño de un hombre adulto. Se los dibujó con precisión y sus imágenes recorrieron las cortes europeas. No era prudente despejar la realidad del mito y el criterio de veracidad estaba sujeto al criterio del capitán de la escuadra. 



Desde su descubrimiento, la  Patagonia, como toda América, proveyó a Europa no sólo de riquezas materiales sin fin, sino de la sustancia intangible de los relatos fantásticos que la ayudarían, con su trópico edénico y sus brumas heladas de la terra incognita australis , a romper la corteza sofocante de un imaginario medieval de mil años.
Antes de que se levantara una voz americana para corroborar o contradecir el mito, el relato sobre Patagonia tuvo una sola mirada y una sola voz: las del viajero europeo, plasmada en el libro de viajes. Pasarían siglos antes de que los habitantes reales del territorio pudieran articular su versión de la historia y emergieran los contra-relatos, que resquebrajaron desde adentro la hegemonía de la gran narración colonial y luego imperial. Por su parte, la política argentina del siglo XIX, ensimismada en las luchas civiles, apenas era consciente de poseer esas casi infinitas leguas de territorio, y los avances para incorporarlo fueron inconexos y bárbaros. Como todo territorio alejado de la regulación de la ley y de las normativas de la escritura, Patagonia fue el lugar de la aventura y del exceso. Los únicos habitantes concretos de esas extensiones, que vivían allí desde miles de años atrás, no tuvieron elementos, ni de fuerza, ni simbólicos, para enfrentar y modificar una versión en la cual jugaron siempre el papel de sujetos cosificados como salvajes irredentos. Al fin, la entrada de Patagonia al relato moderno de la historia oficial argentina es traumática y tiene fecha: 1879, el de la campaña al desierto del general Roca.

El nombre Patagonia fue dado a la región por la expedición de Fernando de Magallanes en 1520 luego de que tomaran contacto con los nativos tehuelches, a quienes denominaron patagones. Como se acercaba el invierno austral, Magallanes decidió invernar en el puerto de San Julián, una bahía de la Patagonia atlántica ubicada a 49° de latitud sur, a la que bautizaron con ese nombre por haber llegado allí el 31 de marzo, día de san Julián en el santoral católico. Rápidamente empezaron a escasear las provisiones y fue necesario hacer un primer racionamiento de víveres, lo que dio lugar a un amotinamiento en tres de las cinco naves. Los capitanes Luis de Mendoza y Gaspar de Quesada fueron ejecutados, mientras que Juan de Cartagena fue abandonado en una costa desolada, la bahía de San Julián, junto a un sacerdote que había dirigido el amotinamiento. 

Magallanes se impresionó por el gran tamaño de las huellas encontradas en la playa. Los primeros europeos que tomaron contacto con los tehuelches verificaron que efectivamente eran altos y corpulentos, según cuenta el testimonio del cronista de la expedición, Antonio Pigafetta. Posteriormente, a fines del siglo XIX el inglés George Musters ratificó este hecho en su libro Vida entre los patagones.

Ver al primero de los tehuelches en la playa de la bahía de San Julián tirando arena por arriba de su cabeza, indicando que los exploradores venían del cielo, impresionó a la tripulación de Magallanes. Este tehuelche fue imitado por los españoles, hasta que lograron comunicarse pacíficamente con él y luego con el resto de su tribu. De esta manera, bailando en círculos en la playa y haciendo los mismos gestos que el gigante, lograron en forma hábil y pacífica intercambiar conocimientos. El avistamiento con los nativos por parte de los europeos, terminó en una convivencia que duró cinco meses, para luego descubrir un poco más al Sur, el estrecho que llevaría el nombre del capitán general de la expedición.

Magallanes habría observado los grandes pies de los indígenas y los habría llamado en su idioma natal, el portugués, pata gau, es decir: pata grande. De allí derivaría en español el nombre de patagones y la tierra que ellos habitaban: Patagonia. El cronista Pigafetta escribió en la bitácora del viaje de Magallanes: Nuestro capitán llamó a este pueblo Patagones... También se cree que Magallanes adicionalmente se inspiró en el gigante Pathoagón, un personaje de la literatura europea medieval aparecido en la novela de caballería Primaleón.

La Ciudad de los Césares, también conocida como Ciudad encantada de la Patagonia, Ciudad errante, Trapalanda, Trapananda, Lin Lin o Elelín, es una ciudad mítica de América del Sur, que se supone ubicada en algún lugar del Cono Sur (preferentemente en algún valle cordillerano de la Patagonia entre Chile y la Argentina).



La ciudad se caracterizó por ser buscada intensamente durante la época colonial, pues se suponía que había sido fundada según las diferentes versiones, por españoles (náufragos, o exiliados), y/o por mitimaes incas; y que estaba llena de riquezas, principalmente oro y plata.
La leyenda de la Ciudad de los Césares o Encantada de la Patagonia, fue el último gran mito de la conquista americana. Tuvo una vida muy larga que supervivió a la conquista misma. Comenzó en 1529 y duro hasta fines de XVIII.


La también llamada Ciudad errante, Elelín o su más conocido nombre de los Césares, es una ciudad de plana cuadrada, como Buenos Aires; de piedra labrada y edificios techados con tejas. Sus templos eran de oro macizo. El pavimento también es de oro macizo. En algunas versiones está en un claro del bosque; en otras, en una península; otras dicen que esta en el medio de un lago, con un puente levadizo para la única puerta que le da acceso. Abunda en ella el oro y la plata, de la cual están forradas las paredes, con estos metales también se hacen asientos, cuchillos y rejas de arado. Tienen campanas y artillería, las cuales se escuchan de lejos. Algunos dicen que al lado de ella hay dos cerros, uno de diamante y el otro de oro.


Sus habitantes son altos, rubios y con barba larga. Hablan una lengua extraña, aunque en algunas versiones es el español. Se dedican al ocio, y no tienen enfermedades. O son inmortales o solo mueren de viejos. Algunos dicen que son exactamente los mismos que fundaron la ciudad, ya que no nace ni muere nadie en la Ciudad Encantada. Tienen indios a su servicio, y algunos custodian el camino que lleva a ella. Algunas versiones dicen que son dos o tres ciudades (sus nombres son Hoyo, Muelle y Los Sauces). Tienen vigías para detectar la proximidad de intrusos e impedirles el acceso. Hay versiones que dicen que es invisible para los que no son habitantes de ella, a veces uno la puede ver si es justo o al atardecer o el viernes santo. Se la puede atravesar sin siquiera darse cuanta. Algunos dicen que es errante, o sea, que para encontrarla hay que limitarse a esperarla en un sitio.


En 1764 el ingles James Burgh publicó una ficción sobre la Ciudad de los Césares, en la que la describía como una utopía.



La Patagonia es un escenario helado, desconocido. El clima es muy frío, con pocas lluvias. Los vientos son constantes, del oeste a una velocidad de 80 km. por hora. Se forman tormentas de arena. El agua escasea y el combustible también, así como la caza, que eran los guanacos únicamente. Un lugar inhóspito para la búsqueda de una ciudad de ensueño.



En la conquista de América se gestaron muchas leyendas, todas salidas de la mente imaginativa y ávida de fortuna de los conquistadores, bastaban unas palabras o gestos de los indios para que se creara una leyenda. Las hubo por doquier, la fuente de la juventud en Florida, Las Siete ciudades de Cíbola al norte de México, El Dorado, buscado desde el Caribe hasta el Amazonas, la famosa Sierra de la Plata y el Rey Blanco den la zona del Río de la Plata y por fin la más longeva de ellas la Ciudad de los Césares de la Patagonia. Estas ultimas eran un reflejo del esplendor de los Incas de Perú comentado por los indios a los conquistadores, los cuales solo querían escuchar donde estaba el oro y la plata. La Ciudad de los Césares también tiene como origen las historias de náufragos abandonados y conquistadores perdidos a lo largo de la Patagonia.


La Ciudad Encantada de los Césares surge a partir de varios hechos que ocurrieron a lo largo de la conquista de nuestro territorio, pero de uno en especial, que ocurrió durante el viaje de Caboto. En el año 1527 Caboto funda un fuerte llamado Sancti Spiritus en la confluencia de los ríos Carcaraña y Paraná, es el primer asentamiento de Argentina. Mientras él preparaba una expedición río arriba, en 1528, manda una partida a explorar el interior del territorio. Parten en noviembre 14 hombres liderados por el capitán Francisco César. Un hombre audaz este César, se interno hacia el oeste. Antes dividió su pequeña columna en tres partes: una que fue hacia el sur, a la tierra de los querandíes, de la cual nunca mas se supo; otra se internó en las tierras de los carcarañás, de la cual tampoco se supo nada mas, y por ultimo la tercera, al mando de César, siguió el curso del río Carcarañá, hacia el Noroeste. Esta tercera columna fue la única que volvió al fuerte, siete hombres que anduvieron 250 o 300 leguas (1400 o 1700 km.), durante tres meses.

Volvieron contando maravillas. Según ellos, y lo corroboraron no solo el capitán, sino sus soldados, en las declaraciones que hicieron posteriormente en Sevilla, cuando procesaron a Caboto, son sus palabras, "habían visto grandes riquezas de oro, plata y piedras preciosas".

A esta incursión de Francisco César algunos autores la hacen llegar hasta el Nahuel Huapí y otros hasta el Perú, donde se habrían entrevistado con el Inca.


Seguramente los pobres habrían bagado erráticamente rendidos por el hambre y la fatiga, hasta toparse con la cordillera, en la cual los indígenas les habrán contado de la riqueza de los Incas. Esas riquezas las atribuirían a la ciudad maravillosa, la ciudad encantada, que pasaría a llamarse la Ciudad de los Césares, en honor a Francisco César y a sus valientes que la habrían descubierto. Esta aventura constituyó el núcleo original del mito de la ciudad encantada que fue ubicada desde las pampas y la cordillera, hasta la costa atlántica y la Patagonia austral. 


A esto se agregaron los náufragos que habían quedado en la Patagonia de las fallidas expediciones de Alcazaba, el Obispo de Plasencia y las ciudades que fundo Sarmiento de Gamboa mas tarde abandonadas. Alcazaba intento poblar la Patagonia en 1534 dejando su vida y algunos náufragos en la zona. La expedición del Obispo de Plasencia que intento cruzar el Estrecho de Magallanes dejó 150 hombres refugiados en tierra, de los que nunca se supo mas nada. Lo mismo le ocurrió a los pobres pobladores de las dos ciudades que fundó Sarmiento de Gamboa en el Estrecho. En 1584 funda las ciudades luego teniendo que abandonarlas a su suerte. Habían soldados y 58 colonos, 13 mujeres, 10 niños y 26 obreros. Nadie se acordó de ellos en España, años mas tarde, en 1587, el pirata inglés Tomas Cavendish encontró a dieciocho de ellos, sobrevivientes de una de las ciudades en la cual se habían juntado todos. Le impresiono tanto el aspecto de esa pobre gente que la bautizo Puerto Hambre. Esto no le impidió robarse la artillería y llevarse a uno de los habitantes como guía.


Según la imaginación estos pobres náufragos que seguramente murieron de hambre o a manos de los indios, formaron parte de la Ciudad de los Césares, algunos dicen que fueron ellos los que la fundaron. También formaron parte de ella los incas huidos de Cuzco después de la prisión, a manos de Pizarro, que mato a  Atahualpa. Otros fueron los pobres habitantes de la ciudad chilena de Osorno que tuvieron que huir hacia el sur, en 1599, perseguidos por los araucanos, nunca mas se supo de ellos, hasta 1790 no se vuelve a hablar de Osorno.

Conquistados por todas estas historias partieron muchas expediciones en su busca. Las mas importantes y serias fueron las de Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), que sale de Buenos Aires en 1604, y la de Gerónimo Luis de Cabrera que la busca desde Córdoba en 1622. Ambos buscan la ciudad a través de las pampas. El padre Mascardi y el padre Menéndez salen desde Chile y la buscan cruzando la cordillera de los Andes. Marcardi realiza dos viajes en 1670, otro en 1672 y el ultimo en 1673, durante el cual pierde la vida. Menédez realiza varios viajes, entre 1783 y 1794, en busca de la mítica Ciudad de los Césares, fue el ultimo viajero que la busco.

El vulgo de los últimos tiempos del periodo colonial siguió creyendo en el mito, y los indios siguieron contando leyendas de ciudades encantadas en el fondo de los lagos, en lo alto de montañas, etc.

El mito de la Ciudad de los Césares, de manera similar al de El Dorado, ha sido tema de inspiración para obras literarias.
Se puede destacar la novela juvenil del chileno Manuel Rojas titulada La Ciudad de los Césares en que un grupo de viajeros encuentra la ciudad, mientras siguen las huellas de un minero desaparecido. En esta versión, los descendientes de los españoles viven junto con patagones y se encuentran al borde de una guerra civil.
Además, aunque es una adaptación más libre del mito, se puede mencionar la obra de Hugo Silva Pacha Pulai  en la que se relata una versión ficticia del desenlace del Teniente Bello que, luego de perder el rumbo, llega a una ciudad perdida llamada Pacha Pulai, fundada por exploradores españoles perdidos y en que el metal más usado es el oro, al punto de no tener ningún valor. En esta historia, también había estallado una guerra civil entre indígenas y europeos, pero esta vez la ciudad se encontraría en algún lugar de la zona centro-norte de la Cordillera de los Andes en el límite entre Chile y Argentina, a diferencia de las versiones legendarias tardías, que la ubican mucho más al sur.
Martínez Estrada, en su Radiografía de La Pampa, hace referencia a Trapalanda cuando trabaja el conflicto entre ilusión y ficción que se produce en los conquistadores cuando llegan al continente Americano. Trapalanda ejemplifica, en el texto de Estrada, el sin fin de riquezas que no son, y la apuesta a un futuro que nunca se cumple.


 Con la leyenda de los Césares patagónicos mueren los mitos en América; fue el último. Con todo, los mitos formaron parte de lo bello de la conquista indiana. Los descubridores, movidos muchas veces por la ilusión, hicieron un nuevo mundo, trasunto de su patria.





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